Creación, Portada 20

Movimientos migrantes a través de la literatura

A partir del análisis de las estructuras narrativas en Robinson Crusoe de Daniel Defoe, El entenado de Juan José Saer y, de manera más general, los cuentos de Jhumpa Lahiri y Eduardo Antonio Parra, Concepción González plantea en “Movimientos migrantes a través de la literatura” que las obras literarias nos permiten no solo ver cómo cambian los actores y las relaciones de poder en las migraciones humanas a lo largo de la Historia, sino que revelan el sentir y vivir de los involucrados. En todos estos textos, González reconoce la experiencia migrante desde distintos puntos de vista: el del que se va y el del que recibe.

La literatura, como reflejo de la realidad, suele dar cuenta de algunos —o de casi todos— los acontecimientos por los que pasamos los seres humanos. Sin embargo, suelen ser muy pocos los historiadores que consideran que la literatura puede funcionar como una fuente histórica. A pesar de ello, desde la conceptualización de la historia social de la literatura, se piensa que una obra artística —cualquiera que esta sea— es un documento de una praxis social. De acuerdo con esta concepción, la literatura es un proceso acumulativo de obras significativas, cuyo análisis nos habla de las prácticas de los diversos grupos sociales a los que concierne. En este sentido, las obras literarias pueden en algunos casos dar respuesta a lo que los historiadores llaman hoy “Historia de la vida cotidiana”. Pueden mostrar “la cotidianidad, lo íntimo, la sensibilidad, la sociabilidad, los afectos; (…) indaga sobre las representaciones sociales del amor, la pareja, la niñez, la sexualidad, la familia, el honor o el gusto”[1] de diferentes fenómenos sociales.

El fenómeno de la migración y los consiguientes naufragios que han llenado intermitentemente, y cada vez de manera más frecuente, los titulares de los espacios noticiosos no son excepción a la atención que la literatura presta a las vicisitudes humanas. Ya desde tiempos de Homero podemos encontrar migraciones y naufragios en la literatura: en la Odisea, el autor relata la zozobra del barco de Ulises en la isla de Calipso en su largo deambular por el mundo helénico. Ahora bien, el que los humanos nos desplacemos de un lugar a otro desde tiempos inmemoriales no quiere decir que cualquiera que cruza una frontera sea, de manera automática, un migrante. La migración es un fenómeno en el que se entrecruzan distintas problemáticas y factores socioculturales. Su complejidad produce diversos tipos de actores y de migrantes: unos son producto del naufragio, otros de la desesperación y, unos más, tan solo del deseo de mejorar su calidad de vida o de vivir una aventura.

Así, las narraciones han dado cuenta no solo de los naufragios, sino también de los distintos tipos de migrantes que podemos encontrar y de las consecuencias que el fenómeno trae en relación con la ideología, tanto de la cultura receptora como la del propio migrante. Con ello, en la literatura se ha ido creando lo que podríamos llamar una “historiografía literaria de la migración”, en la que podemos incluir textos que van desde Robinson Crusoe de Daniel Defoe, hasta Nuestra casa en el fin del mundo de Oscar Hijuelos, El entenado de Juan José Saer o, más recientemente, las maravillosas narraciones de Eduardo Antonio Parra y Jhumpa Lahiri. En estos textos podemos encontrar los rejuegos del poder que han intervenido en el fenómeno migratorio y que han terminado por remodelar los esquemas culturales y determinar las identidades de las personas involucradas.

Es por medio de estas obras literarias que, por principio, podemos dar cuenta de un cambio importantísimo en el fenómeno migratorio: los roles de poder se han invertido. Si antiguamente los migrantes eran los poderosos, los conquistadores, quienes llegaban a un territorio para colonizarlo, hoy los migrantes son los sojuzgados por esa expansión colonialista. Es decir, los papeles migratorios cambiaron, no así el poder. Este último sigue en manos de los colonizadores, migrantes originarios que continúan pisoteando a los colonizados, a los hoy nuevos migrantes. Y si las ciencias sociales nos pueden explicar de diversas maneras dicho esquema, bien poco pueden hacer para explicarnos las emociones y vivencias profundas de los protagonistas. Esto queda para la literatura.

Sin embargo, debido a la amplitud del fenómeno, lo primero que debemos hacer es delimitar lo que, para este trabajo, entendemos por migración. De acuerdo con Javier Urbano Reyes, debido a la falta de consenso sobre su definición básica, definir los movimientos migratorios internacionales es sumamente problemático. Dentro de las definiciones presentadas por el autor se encuentra la siguiente: “se suele llamar movimientos migratorios a los desplazamientos masivos de población, de una región a otra (rural-urbano, interregionales, etcétera) o de uno o varios países a otro u otros. En general, se alude a una cierta continuidad o tendencia en el proceso y no a un traslado coyuntural o puntual”.[2]

Urbano Reyes, después de una serie de consideraciones y otras tantas definiciones, determina que la migración internacional —que es la que por el momento nos atañe— es “el proceso en el cual el individuo o grupo de individuos se desplaza de una delimitación político-administrativa hacia otra diferente, por un plazo de tiempo muy amplio o definitivo, de tal forma que este movimiento tiene un efecto en los procesos sociales, políticos, económicos y culturales, tanto en la nación de origen como en las naciones de recepción”.[3]

Detrás de estas pocas palabras hay toda una experiencia vital que la literatura pretende recrear, enfocar, analizar, narrar y verbalizar. Y para ello se acerca al fenómeno desde el punto de vista específico de ciertos personajes o actores, como el inmigrante y la entidad de recepción. En el caso del inmigrante, la propuesta de integrarse a otra realidad supone, teóricamente, que el sujeto conserva sus orígenes culturales, aceptando a la vez códigos de convivencia del país huésped, lo que gradualmente irá haciendo más compleja la convivencia si el Estado receptor no se adapta, legal y culturalmente, a este tipo de situaciones. De hecho, la presencia de la comunidad inmigrante en una entidad distinta a la de su nacimiento supone conflictos potenciales ante la ausencia de políticas públicas que, desde luego, afectarán a la entidad de recepción.

El efecto producido por los movimientos migratorios puede tener consecuencias muy diversas en la cultura de recepción, que van desde el enriquecimiento cultural hasta el sometimiento de una cultura por la otra. Esto dependerá, claro, del tipo de migrante y las relaciones de poder que se establezcan. De acuerdo con Richard Adams,[4] en una sociedad, el poder es, en origen, resultado de la necesidad de luchar contra el desorden constante que la amenaza, es aquello que la relaciona con la totalidad de elementos que la conforman en el proceso de evadir el caos, de reformar el ambiente y la sociedad misma, para mantenerla en funcionamiento. La migración, per se, suele producir cambios en una sociedad; el tipo de orden y las condiciones en las que esta opera dependen directamente del significado que se les da a las cosas, de cómo las comprendemos, las ordenamos y las reconocemos. El ordenar implica automáticamente jerarquizar, y cuando se jerarquiza se establece una relación de superioridad e inferioridad entre los objetos, actores o conceptos clasificados. Cuando colocamos a un actor en un nivel más alto que a otro, lo colocamos en una situación de poder, con lo cual el poder también es aquel aspecto de las relaciones sociales que indica la igualdad o desigualdad relativa de los actores o unidades de operación. En general, la jerarquía otorgada dependerá del control ejercido por cada actor o unidad sobre los elementos involucrados en esa relación o en ese proceso.[5] En el caso del fenómeno migratorio, nos encontramos con que, a pesar de que casi siempre lo que lleva a migrar es el deseo de una vida mejor, la ideología y situación social de los migrantes ha determinado las relaciones de poder. No es lo mismo el migrante que busca el control sobre el ambiente ajeno que aquel que, estando en la parte más baja de la jerarquía, busca una forma de sobrevivir.

Las primeras variantes, que se ven reflejadas en la literatura a través de las descripciones que narradores, exploradores y conquistadores hacen de los territorios conquistados —física o ideológicamente—, muestran el profundo y duradero efecto que las migraciones colonialistas tuvieron en la cultura de las naciones conquistadas y que, de alguna forma, son el origen del tipo de migraciones actuales.

Específicamente, me interesan dos textos relacionados con las migraciones colonialistas. El primero es Robinson Crusoe de Daniel Defoe y el segundo es El entenado de Juan José Saer. Ambos narran la historia de náufragos europeos que llegan al continente americano. Y es que con el descubrimiento de América se produce una ola migratoria que, a pesar de que en un principio no fue de gran magnitud, cambió el rumbo de la historia de la humanidad. El entenado, publicado en 1983, sucede en 1519, año que coincide con la exploración y conquista de los nuevos territorios americanos bajo Hernán Cortés. Más adelante, en el siglo XVIII, la evolución de la tecnología, la información y el transporte disparará el aumento de viajeros entre Europa y América. Justamente en este siglo se publica Robinson Crusoe, aunque la narración sucede a mediados del siglo XVII. En ambos textos, la razón principal de los protagonistas para migrar es la del viaje como parte de una expansión territorial.

James Clifford[6] plantea la idea de migración aunada al concepto de viaje e indica que abarca una variedad de términos y prácticas más o menos voluntarias de abandonar el hogar para ir a otro lugar. El desplazamiento ocurre con un propósito de ganancia material, espiritual o científica. Entraña obtener conocimiento y/o tener una experiencia (excitante, edificante, placentera, de extrañamiento o de ampliación de horizontes). Este es el caso particular de Robinson Crusoe y los viajeros que, como él, se lanzaron durante las migraciones premodernas, previas a 1850, en busca de nuevos horizontes. Estas migraciones estaban compuestas en su mayoría por desplazamientos no voluntarios, fundamentalmente incentivados por la diversificación de mercados y por los ejes de coordinación del comercio internacional. Por otra parte, destaca la aparición de potencias militares y comerciales (Inglaterra) con capacidad de tomar posesión de territorios vírgenes sobre los que sus rivales europeos (España) eran incapaces de mantener un dominio efectivo, a pesar de haberlos descubierto. Esto supuso la apertura de nuevos canales de transportación, lo que permite considerar que buena parte de las migraciones masivas de aquella época se relacionan con el mercado, la necesidad de mano de obra y la esclavitud.[7]

Robinson Crusoe es precisamente un comerciante inglés que, en busca de aventuras y una gran fortuna, termina conformando —en medio de un naufragio— el sueño que hoy tienen los millones de personas que, desesperados por sobrevivir en los países “en vías de desarrollo”, dejan su tierra en busca de más y mejores oportunidades. Crusoe encarna el mito perfecto del homo economicus. Él solo, auxiliado por la supuesta lógica superior que es inherente a su raza, es capaz de construir un imperio en medio de una isla abandonada en las condiciones más adversas.

La relación mítica entre Robinson y Viernes es de dependencia; ambos mitos dependen uno del otro y se desarrollan a la par. A la larga, la figura de hombre civilizado de uno depende de la figura de salvaje domesticado del otro. A pesar de que ambos hombres están sujetos a las mismas condiciones de barbarie, el salvajismo al que se ve sujeto Robinson le vuelve una especie de hombre silvestre que sale adelante por su superioridad, mientras que el salvajismo de Viernes le convierte en un objeto de conquista para el hombre blanco. De esta forma, Crusoe es un sujeto mítico del pensamiento occidental, mientras que Viernes es un objeto real de la dominación que se articula y existe solo por medio de la representación colonial. Estos problemas —el de la representación y el de la relación entre Viernes y Crusoe— serán los que de alguna forma se perpetuarán a través de la historia colonial, e incluso poscolonial, de Latinoamérica, hasta llegar a un punto donde cierta calidad de vida será insostenible para los latinoamericanos dentro de su propio territorio, supuestamente ya independizado del Imperio. Y digo supuestamente porque las fuerzas imperiales occidentales siguen surtiendo efecto a través de distintos tipos de estrategias y propagandas.

Pero, más allá de la relación entre conquistados y conquistadores, la imagen de Robinson Crusoe como migrante presenta el problema de que la condición alcanzada por él es un sueño casi imposible de lograr. Por una parte, la meritocracia es hoy en día una posibilidad casi extinta; por otra, no retrata una realidad, sino un ideal: el de un momento en el que los ingleses asociaban su grandeza nacional con sus actividades coloniales, ya sea a través del comercio o de la adquisición de territorios extranjeros. Dada la riqueza del imperio británico durante el siglo XVIII, no es de sorprender que surgiera una novela como Robinson Crusoe, con su propuesta de autoridad imperial en un solo individuo.

Así pues, la novela de Defoe no es solo el sueño del migrante, sino que también termina por constituirse en un retrato del colonialista ejemplar, capaz de transformar el espacio y de determinar no solo su propio destino, sino el de los nativos del territorio colonizado. Aun más: acaba conformando un imaginario sobre América que permanece, incluso ahora, en la mente de muchos europeos y de algunos americanos. Ese mismo imaginario determinó las relaciones entre Europa y América Latina durante la mayor parte del siglo XIX y, por tanto, tuvo una gran influencia sobre el ambiente americano: la mayoría de los países que en algún momento fueron colonias europeas guardan una relación de inferioridad, al menos económica, frente a los antiguos y los nuevos imperios occidentales —dentro de los cuales incluimos, obviamente, a Estados Unidos—. Es esta inferioridad económica, precisamente, la que en parte produce las modernas migraciones.

En contraste tenemos El entenado de Saer, texto del que podríamos decir que, hasta cierto punto, es una parodia, ya sea voluntaria o involuntaria, de Robinson Crusoe. Como tal, tiene la capacidad de brindarnos nuevas perspectivas sobre algunos fenómenos que se translucen de la lectura de la novela de Defoe. Confrontar estos dos textos permite ver el problema de la migración y de la conformación de Latinoamérica desde múltiples perspectivas: la del que pertenece y la del ajeno, pero sobre todo permite reflexionar sobre cómo entender la alteridad y nuestra identidad, sobre nuestro papel frente a las otras culturas y en las relaciones de poder.

En la parodia de Saer lo que sobresale son las diferencias y no las similitudes. En especial, se destaca el problema de la apropiación de los espacios por los conquistadores que migraban desde Europa. La relación intertextual entre las dos narraciones plantea precisamente la “extraterritorialidad” frente a la apropiación de territorio, junto con los problemas de indefinición/determinación que esto supone.

En la novela, Saer explora y denuncia, mediante una doble función metanarrativa, las construcciones coloniales sobre la otredad. En un primer nivel, el personaje de la novela, una vez que ha sido capturado por los indios, se convierte en el depositario de la memoria de sus captores; ya en la vejez, recupera, mediante la narración, tanto su propia identidad como la de los otros, los caníbales. Pero al hacerlo, lo hace desde su propia mirada occidental, que implica una gramática del cuerpo en la que se unen indefectiblemente la representación del cuerpo y lo visible a la representación de la otredad. Es mediante esta gramática de lo corpóreo que, en un segundo nivel, Saer pone en evidencia la mirada imperial que constituyó la retórica de los conquistadores y expone a la gramática colonialista como un discurso que yo llamaría “ontófago”,[8] en tanto que consume el ser del otro.

El lenguaje usado por el narrador no solo ilustra la violencia inicial del primer encuentro entre el grupo de indígenas que le capturan y los migrantes europeos, sino que da una muestra de lo que implicará la relación entre ambos grupos a partir de entonces: una sucesiva serie de incorporaciones físicas, culturales y discursivas, en las que los papeles de devoradores y devorados, migrantes y receptores, serán visiblemente inestables y negociados.

El control del espacio rebelde se ejerce desde la misma llegada de la expedición al lugar: en un comienzo, la nota predominante es la falta total de reconocimiento del “otro”, considerado inexistente antes de la llegada del europeo, tanto lingüística como ontológicamente. La otredad se define como un territorio “mudo”, “desierto”, vacío, del cual el entenado/narrador es el fundador: “[E]sa tierra muda persistía en no dejar entrever ningún signo, en no mandar ninguna señal… no quedaba ningún rastro de nuestra presencia… Teníamos la ilusión de ir fundando ese espacio desconocido a medida que íbamos descubriéndolo, como si ante nosotros no hubiera otra cosa que vacío inminente”.[9]

El espacio es el elemento clave que determina el momento en el que el ser transgrede una frontera impuesta, ya sea por la geopolítica, las convenciones o la geografía, y se constituye en migrante. Mientras que Crusoe convierte el espacio en su hogar, el entenado se despoja de cualquier territorio y plantea, por un lado, el problema de conocer lo radicalmente distinto y por otro, el de la permanente escisión cultural. El entenado ya no es europeo, pero tampoco es un indígena. Es el personaje que ha sido adoptado, pero jamás asimilado. Su historia es, por un lado, la de la cultura latinoamericana y, por otro, la del migrante siempre dividido entre el pasado y el futuro, entre el aquí y el allá, entre el Yo y el Otro.

Pero también es, de alguna forma, la historia de las relaciones entre el migrante imperialista y el nativo conquistado. Los nativos necesitan del entenado para que les dé voz, para que cuente al mundo su historia. No importa que el entenado sea un cautivo de la tribu de caníbales. Ellos lo resguardan porque es la única posibilidad que tienen de hacerse oír, pues él es la representación del poder, él habla el lenguaje del statu quo y por lo tanto puede ser escuchado. Sin embargo, nuestro náufrago no consigue dejar de ser el otro y no logra entender jamás la otredad de sus captores. Al final, al igual que Robinson Crusoe, termina por regresar con sus pares, quienes exterminarán a los nativos y se apoderarán de su territorio.

Hoy en día, este tipo de migrantes aventureros y conquistadores ha desaparecido y no son ya precisamente los que naufragan, pues, para tener el control sobre otras culturas, los poderosos ya no necesitan moverse de su sitio: cuentan con los medios necesarios para extender el brazo de la dominación a todo tipo de territorio, físico e ideológico. Hoy, los migrantes son los descendientes de esos seres colonizados por los migrantes imperialistas. Los que hoy naufragan, tanto de manera física como emocional, son aquellos marcados por una desventaja histórica que les obliga a jugarse todo a fin de llevar una vida mínimamente digna.

La migración constituye en la actualidad un fenómeno vinculado con la globalización; en América Latina es parte de “los escenarios en los que se producen nuevos ejes de acumulación, tales como la maquila, las exportaciones no tradicionales, el turismo, los servicios financieros y la exportación de mano de obra a nivel regional y global”.[10] Lo nuevo en este momento de la historia migratoria es el surgimiento de sujetos que, hasta ahora, no habían aparecido en el panorama migrante porque su importancia era marginal con relación a otros sujetos de la migración, o porque no habían logrado ser tomados en cuenta en los análisis correspondientes. De estas nuevas formas migrantes, de estos nuevos naufragios, encontramos, por un lado, en los textos de Jhumpa Lahiri, la imposibilidad de pertenencia para el inmigrante, ya sea en la cultura de adopción o en la de origen, pero esta vez desde el punto de vista femenino. Esta visión es particularmente interesante, pues a la condición propia de inferioridad jerárquica del migrante se suma la histórica condición de inferioridad de la mujer. Por otra parte, en la narrativa de Eduardo Antonio Parra y enmarcados en la llamada “literatura del norte”, tenemos algunos recuentos de lo que significa, hoy en día, la idea de frontera.

En las novelas y cuentos de Jhumpa Lahiri destaca la necesidad del inmigrante de crear una identidad transcultural que le permita navegar entre estos dos mundos que habita simultáneamente. La autora relata las dificultades, y a veces la imposibilidad, de alcanzar ese objetivo. Sus personajes son seres que han tomado la iniciativa para realizar sus deseos y sueños futuros. Son actores (no víctimas) que a menudo se mueven en entornos difíciles, y que, a pesar de su participación activa, todavía tienden a tener menos poder que los estratos autóctonos dominantes en las sociedades de inmigración. En especial, sus personajes femeninos experimentan una notable inestabilidad identitaria que los persigue en su vida cotidiana debido a la interrelación de género, etnia y clase como elementos restrictivos. Al final, la mayoría de sus textos terminan por ser relatos íntimos de la desazón que produce la migración.

Por otra parte, uno de los nuevos actores que aparece en el horizonte migrante es el personaje fronterizo. En particular, la cercanía entre el norte de México y el sur estadounidense ha dado como resultado la constante reformulación de la cotidianidad en la frontera. A pesar de ser el límite político/geográfico, esa cotidianidad termina por ser culturalmente el espacio de la indefinición donde, de manera paradójica, se extreman las posturas. La frontera es tierra de nadie donde todo puede suceder, donde toda posibilidad al ser está abierta. Tanto la esperanza como la muerte son ingredientes de la vida cotidiana. Es un mundo aparte. Lejos del centro geográfico y del poder, la frontera ha creado su propia cultura y sus propias formas de relacionarse, ha reinventado un mundo nuevo, no se sabe si mejor o peor, de aquello que le quedó, de lo que diario cruza, de lo que se queda o se va.

Este es el tema que Eduardo Antonio Parra aborda en su libro Tierra de nadie, pero lo hace desde una perspectiva diferente a la que solemos asociar con la literatura del norte del país. Parra no solo desmitifica la típica imagen del desierto y la ciudad fronteriza, sino que va más allá y desmitifica el concepto mismo de límite, de frontera. Sus cuentos son textos subversivos que nos presentan un mundo con su propia y muy particular mitología. Un mundo desolado donde emociones como la violencia, el amor y el odio conforman un territorio grotesco poblado de fantasmas, de apariciones, de mujeres capaces de aguardar la vuelta de su hombre (ganando, mientras tanto, fama de santas o de brujas, o bendiciendo a los que parten al otro lado) y, sin embargo, este mundo aparentemente sobrenatural es común a todos nosotros. Este es uno de los grandes aciertos de la obra de Parra: aun cuando sus personajes pertenecen a un espacio desconsolador donde los estratos sociales se radicalizan con una fuerte tendencia hacia lo marginal, sus vidas, sus fracasos, sus grandes o escasas alegrías nos tocan a todos por igual. Los personajes de Parra son los marginados del sueño fronterizo que los acecha y los desprecia y que a nosotros, como lectores, nos mueve hacia la reflexión.

Los cuentos forman una unidad en torno a la frontera y al fenómeno migratorio, no siempre como lugar o como acto, sino también como límite, como lindero, como aquello que debemos o que no nos atrevemos a traspasar. En sus cuentos, el hecho de cambiar de espacio —ya sea como territorio o como concepto— es el protagonista. La frontera, aquella delgada línea que determina nuestro papel migratorio, aparece constantemente en la forma de limitaciones humanas, como espacio que se difumina entre la vida y la muerte, entre la violencia total y la esperanza que alimenta al ser humano, como lugar donde se topan los sueños con la realidad convirtiéndose en pesadillas, como el espejo donde mejor se refleja la condición humana en el mundo moderno. El autor presenta este espacio como un ámbito oscuro, alucinante y perverso, en el que la violencia es una constante. Espacio que, a pesar de la globalización, para algunos, para los muchos olvidados, es cada vez más cerrado, más limítrofe. Ante estas historias no puede uno dejar de pensar y cuestionar cómo, en esta era de avances tecnológicos y de supuesta apertura, pueden existir seres humanos en las condiciones que retrata el autor. Nos hace replantearnos la supuesta bondad de nuestra forma de vida y nos lleva a la frontera misma de nuestra ética y moral.

De alguna manera, los distintos cuentos conforman una única historia que comienza de “este lado”, del lado mexicano, con la inevitable y perpetua esperanza de la oportunidad de ingresar a una nueva realidad. Enseguida nos internamos en el mundo tangible de los que pasan al “otro lado”, donde los sueños de que la situación mejore son prontamente destrozados por el autor, quien nos lleva a un mundo donde todo, hasta el clima, parece agredir a los personajes. Donde la idealizada migración se convierte en un infierno, casi siempre peor que el del suelo original.

En resumen, tanto las novelas Robinson Crusoe y El entenado, como los cuentos de Eduardo Antonio Parra y los textos de Lahiri, nos permiten ver el problema de la migración, de la conformación de Latinoamérica y del papel del migrante desde múltiples perspectivas: la del conquistador, la del conquistado, la del que pertenece, la del ajeno; nos dejan claro que junto con la migración viene un problema de identidad escindida; pero sobre todo nos permiten reflexionar sobre cómo entender al otro, qué significa ser migrante, cómo insertarnos en una nueva cultura sin abandonar la nuestra, o si debemos abandonarla o imponerla. En fin, cuestiones que surgen ante cualquier movimiento migratorio sin importar de qué tipo sea y que hoy —cuando el mundo cuenta, de acuerdo con la ONU, con más de 244 millones de migrantes— cobra preminencia.

Ni la historiografía o la sociología pueden dar cuenta de todo lo anterior. Solo la literatura y sus formas relacionadas lo hacen. Aun más: si, de acuerdo con Deleuze y Guattari, debemos entender la literatura como el ensamblaje de diversas estructuras (desestructuras) que se desplazan sin límites hacia todos lados, la propia literatura termina por convertirse en un espacio de fenómenos migrantes donde todo es posible, y tanto la muerte como la esperanza están a la vuelta de la esquina.

 

Bibliografía

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Deusa Morant, Isabel. “Historia de las mujeres e historia de la vida privada: confluencias historiográficas”, en Studia historica. Historia moderna, Vol. 19, 1998.

 

[1] Isabel Morant Deusa, Historia de las mujeres e historia de la vida privada: confluencias historiográficas, en Studia historica. Historia moderna, Vol. 19, 1998, pp. 17-23.

[2] Graciela Magesini en Javier Urbano Reyes, Evolución histórica de la migración internacional contemporánea, Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, 2005, pp. 10.

[3] Ibid., p.13

[4] Richard Adams Newbold. La red de expansión humana, Ediciones de la Casa Chata, Ciudad de México, 1978.

[5] Ibid., p. 26.

[6] James Clifford, Itinerarios transculturales, Gedisa, Barcelona, 2008, p. 91.

[7] Ramón Tamanes en Javier Urbano Reyes, ibid., p. 17.

[8] Del prefijo onto- (del griego antiguo óntos, “ser, ente”) y el sufijo -fagia (phagia, “cualidad de comer”).

[9] Juan José Saer, El entenado, p. 23.

[10] Guillermo Acuña González, Migración y trabajo infantil y adolescente, III Foro de ONG de Iberoamérica, Montevideo.